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miércoles, 4 de septiembre de 2013

Argentina: Casi el 80 % se percibe como clase media...


El fenómeno de la autopercepción, según una encuesta de IDAES-UNSAM, con apoyo del CONICET.
El trabajo indica también que apenas el 0,1 % se considera de clase alta.



Reportaje a Alejandro Grimson

Por Lucía Álvarez





Hace algunos años, organismos internacionales –como el Banco Mundial– insisten en que la clase media argentina se duplicó durante la última década, tomando como referencia el nivel de ingresos y la línea de la pobreza. Otros investigadores nacionales, sin embargo, observan las categorías ocupacionales, la relación entre el trabajo manual y no manual, y advierten que las clases medias sólo pasaron del 43% al 46 por ciento. Más allá de los desacuerdos para establecer una frontera social, que involucra también variables culturales y niveles educativos, una encuesta del área metropolitana realizada por el IDAES-UNSAM, con apoyo del CONICET, revela un dato distinto, que permite entender de otro modo los resultados electorales del domingo: un 78,3% de los consultados se considera de clase media, tenga esa percepción una cercanía o no con sus condiciones materiales. En contraste, sólo el 0,1% cree que es de "clase alta" y un quinto, el 20%, de los estratos más bajos. Es decir, todos se sienten más al centro de lo que en efectivamente están.

Los datos confirman así la tendencia que registraron los economistas de la Universidad de La Plata Guillermo Cruces y Martín Tetaz en una encuesta de 2009 que arrojó similares resultados: el 70% de los habitantes del Gran Buenos Aires se ubica a sí mismo en los grupos intermedios.

"Hay símbolos, referencias decisivas alrededor de la definición de clase: la vivienda propia, el auto, el acceso a la universidad. En estos años hubo cambios objetivos que explican la autopercepción como clase media. Pero el ascenso social siempre genera una paradoja: aquel gobierno que protagoniza una transformación y permite la movilidad de amplios sectores cree que ellos van a estar agradecidos por siempre. Eso no es así. Cuando el desempleo deja de ser una preocupación, se construyen nuevos horizontes de expectativas. No sólo querés más económicamente, también te empiezan a preocupar otras cosas como la transparencia y la información pública", explica a Tiempo
Argentino, el antropólogo Alejandro Grimson, director de la investigación.

Tradicionalmente, Argentina fue considerado un país de clase media, característica que lo distinguió durante años de sus vecinos de la región, y le permitió proyectarse como una nación europea. Gino Germani, padre de la Sociología nacional, estimaba que entre 1870 y 1950 se habían triplicado los estratos medios, y otras investigaciones determinaron que para 1974, pertenecía a esa clase el 82,6% de la población. Esa representación tuvo, sin embargo, un giro drástico a finales de 1980 cuando, hiperinflación y crisis económica mediante, surgió un discurso público sobre la muerte de la clase media y el fin de la movilidad social ascendente. Una idea que quedó plasmada en la imagen del ingeniero manejando el taxi.

El momento crucial de ese proceso fue durante la crisis de 2001 y 2002. Sin embargo, como señala el antropólogo Sergio Visacovsky, la pérdida de los niveles de vida no impidió que la mayor parte de la población, pobres y ricos, siga viéndose a sí mismos como de clases medias. Es decir, hubo cierta autonomía entre la identificación de clase y las condiciones objetivas, que se reflejó en la resistencia de esos sectores a renunciar a "mejores ambientes" escolares o a "caer en el hospital público". Las experiencias de empobrecimiento de esas personas fueron acompañadas por prácticas de diferenciación, y llevaron a que, con la mejora de la situación económica, hayan vuelto a enviar a sus hijos a colegios privados o interesarse por otros temas de la vida pública que señala Grimson.

"No alcanza con comparar la actualidad con 2001. Cuando Argentina estaba en el infierno, Néstor Kirchner dijo 'Estamos en el infierno'. Eso generó una enorme empatía porque el presidente describía la realidad de la misma manera que los ciudadanos. Si hay descripciones distintas, se genera una situación de malestar, de desindentificación. La inflación, por ejemplo, no sólo afecta la vida real, la capacidad de compra efectiva. También molesta que se tergiversen las estadísticas. No hace falta mucha politización para que a la gente le irrite eso. Le irrita y punto. Eso es sintonía fina: poder escuchar las voces que vienen del pueblo. Porque, cuando hay ruido en esa comunicación, es más difícil hacerse entender. Y cuando eso pasa, se corre un riesgo muy grande. Yo creo que lo que está en juego ahora es si Argentina va a continuar con un modelo donde lo público y el Estado sean protagonistas del desarrollo, o si el protagonista va a volver a ser el mercado. La disyuntiva es esa, pero el problema es que no se va a definir en una votación planteada de esa forma", agrega Grimson.


Un estudio en elaboración, realizado por FLACSO-Ibarómetro, y dirigido por Luis Alberto Quevedo e Ignacio Ramírez, también pone en evidencia esa otra paradoja: existe una coincidencia ideológica de la clase media con el kirchnerismo, pero eso no tiene una traducción lineal en las urnas. Un adelanto de "Actitudes políticas e ideológicas de los argentinos", publicada en Le Monde Diplomatique de julio, muestra que, así como la clase media fue la protagonista cultural del menemismo en los noventa, pero no su protagonista electoral, hoy la clase media argentina se parece más al kirchnerismo de lo que están dispuestos a aceptar quienes no los votaron. La encuesta de mayo de 2013 señala, por ejemplo, que el 69,1% de la clase media está de acuerdo con un Estado activo sobre la economía y un 53,6% está de acuerdo con que la esencia de la democracia es buscar igualdad, frente a un 31,5% que aspira a mayor libertad.

El dato de que los argentinos adhieren a un principio igualitarista, o de "igualación hacia arriba", también está presente en la encuesta realizada por el IDAES-UNSAM. Sin embargo, esto va a acompañado por la idea de que "todos pueden subir sin que nadie baje". Consultados sobre lo que ganan y lo que deberían ganar distintos trabajadores y profesionales, los encuestados propusieron elevar significativamente el ingreso de médicos, maestros, obreros, comerciantes y, sobre todo, de empleadas domésticas y peones rurales. Y, en paralelo, reducir drásticamente los ingresos de diputados y jueces, pero sólo levemente los de empresarios y gerentes, que son considerados por lejos, quienes más ganan.

Otro dato que muestra esta visión integracionista es el referido a la pregunta sobre a quién es más importante aumentarle el salario: el 23% del total respondió a quienes realizan tareas insalubres, un 18% a todos por igual, un 19% a quienes producen más, y otro 18% a quienes menos ganan. Sólo un 1% respondió a quienes realizan tareas de dirección. Del mismo modo, la encuesta señala que existe un rechazo a los principios abstractos de desigualdad salarial: el 64,3% se manifestó "nada de acuerdo" con que los empleados privados reciban mayores salarios que los públicos y el 63% con que un argentino gane más que un extranjero.

Pero además, el trabajo de Grimson refleja la idea de que los argentinos prefieren evitar que las desigualdades sociales se expresen a nivel salarial. A pesar de que la educación funcionó durante años como el móvil más efectivo de ascenso social, los consultados respondieron a la pregunta de si estaban de acuerdo con que "las personas con estudios universitarios reciban un mejor sueldo que quienes no los tienen" de un modo sorprendente: sólo el 11,2% se manifestó de acuerdo, mientras que el 61,1% dijo estar poco de acuerdo y el 27,5% se manifestó en desacuerdo. Incluso, entre las personas con más alto nivel educativo, un 25,6% se manifestó en desacuerdo y un 54% poco de acuerdo.

Tal vez, esa visión integracionista junto con la percepción común de la mayoría de los argentinos de pertenecer a una misma clase social heterogénea explique el rechazo que generan algunas medidas que afectan directamente a un sector específico, pero molestan más allá de él. "Los que sufren viajando en tren no son los mismos que acceden de maneras dispares y sin fundamento al dólar. Son medidas que tocan a sectores distintos. Pero si se magnifica el rechazo es porque el nivel de solidaridad de los argentinos es bastante alto, un rasgo que se vio durante las inundaciones este año. La capacidad de dar fue altísima. ¿Por qué le van a importar entonces tres cuernos las injusticias que les pasan a otros? ¿Ese es el modelo cultural al que queremos apuntar? Que no viajes en tren no quiere decir que no te interese cómo se viaja. No es ese el modelo cultural argentino, del pueblo y de las grandes mayorías. Hay que evitar esas irritaciones porque son riesgosas, porque pueden ser capitalizadas por los sectores neoliberales", concluye Grimson.  


Las causas de la pobreza y los planes

La encuesta también preguntó por las razones que explican la situación de pobreza. La mayoría de las personas colocó esas causas fuera de los pobres: un 22,8% respondió por "los políticos argentinos" y otro 20%, porque "no hay suficientes oportunidades". Sólo un 7,8% aseguró que la pobreza se relaciona a "los sectores más ricos de la Argentina", es decir, con el fenómeno de la desigualdad.

En contraposición, un 14,3% eligió la opción "no quieren trabajar" y, de ese modo, responsabilizó a los pobres por su propia situación. Llama la atención que fueron los encuestados más pobres los que más frecuentemente dieron esa respuesta.

Según apuntan los investigadores, "ese 14,3% podría con bastante certeza considerarse un núcleo ideológico duro, en el sentido de que expresa una concepción más general de la sociedad y las diferencias entre los ciudadanos. Se trata de una expresión que existe en muchos países del mundo y, en todo caso, podría considerarse un porcentaje relativamente bajo el registrado en este estudio".

La respuesta más difícil de interpretar fue paradójicamente la que respondió la mayoría, el 29,4% de los encuestados: "no tienen suficiente educación". ¿Eso coloca la responsabilidad en el Estado o en los pobres?, se interrogan los analistas. Otra pregunta clave fue si es responsabilidad del Estado asistir con planes sociales a los desempleados, cuando hay poco trabajo. Un 27,1% se manifestó "nada de acuerdo", un 26% "poco de acuerdo" y un 45,2% "de acuerdo". 


En proceso
Investigación
La Encuesta sobre Desigualdad del IDAES-UNSAM fue realizada a fines de 2011, pero la investigación está aún en proceso. Relevó la opinión de 800 personas mayores de 18 años de la Capital Federal y partidos del Gran Buenos Aires.


"Falta sintonía fina"

"Hay dirigentes políticos que quieren hablar de un barrio de la capital, ícono de las clases altas, y es rarísimo que, para hablar de eso, se hable de clases medias que el 80% de la población considera tiene que ver con ellos mismos. Esos son típicos malos entendidos políticos en el sentido de que se utiliza un término que la población interpreta de una manera disímil a la que el político quiere emplear. Eso es falta de sintonía fina", advierte Alejandro Grimson a Tiempo.

Pero este malentendido no es nuevo. En Historia de la clase media argentina (Planeta), el investigador del CONICET Ezequiel Adamovsky revela cómo este sector es caracterizado hace años como antipopular y clasista, aun cuando no se trate de un grupo ni política ni económicamente homogéneo. En la actualidad, distintos discursos siguen intentando explicar a la clase media como una identidad cerrada: "Los caceroleros destituyentes" o "la gente".

"Se le imputa y se le asigna pautas de conducta, posturas políticas, que no tienen correlato con un dato empírico. En los últimos tiempos vino instalándose la idea de que la clase media está en contra del gobierno, pero no hay un corte de clase en el voto. No es que la clase media vote antikirchnerismo, ni que las clases bajas voten oficialismo. Hay una diversificación que no se corresponde con esas asignaciones", explicó Adamovsky. 

18 de agosto de 2013

martes, 2 de julio de 2013

RADIOGRAFÍA DE LA PAMPA



Mitos. Estereotipos. Lugares comunes. Frases hechas. Desde el crisol de razas y que los argentinos descendemos de los barcos, hasta que los pobres levantaban el parquet para hacer el asado, el discurso sobre la Argentina está lleno de verdades que se dan por ciertas y se cristalizaron sin discusión. Faltaba quizás una mirada que con seriedad y humor a la vez se propusiera desarmarlas. El antropólogo Alejandro Grimson empezó anotando en un cuaderno todas las expresiones de esa mitología para luego desmenuzarlas una por una, y como resultado escribió Mitomanías argentinas, compendio de un relato sobre un país tan irreal y autodenigrado como la Argentina.

Por Angel Berlanga

En este país, el único gil que paga los impuestos soy yo. En la Argentina no hay racismo. Perón fue un tirano. Somos un crisol de razas. Los pobres que recibían casas del peronismo terminaban haciendo asado con el parquet.
La Argentina estaba predestinada a la grandeza, debería haber sido Canadá o Australia. Lo privado funciona, lo público está descuidado. El campo produce la mayor parte de la riqueza nacional. Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires. ¿Quién no ha leído o escuchado, en conversaciones o en los medios, decenas de veces, estas definiciones-frasecitas? Durante unas vacaciones, Alejandro Grimson se puso a anotar en una libretita algunos de estos lugares comunes con la idea de observar, indagar y criticar en torno a estas “falsas creencias” acerca de la población, la economía, la política y la cultura. Y luego, desordenadamente, cuenta, fue acumulando y acumulando mitos, en especial prestando atención, sin decirle a nadie, “al modo en el que hablamos”, dice. En simultáneo iba leyendo estudios sociales, culturales y/o históricos sobre la Argentina, tratando de entender qué mitos se ponían en cuestión. Mitomanías argentinas. Cómo hablamos de nosotros mismos, el libro que este antropólogo acaba de publicar, reúne 74 de estos sobreentendidos y los organiza por capítulos: decadentistas, patrioteros, de la sociedad inocente, racistas, sobre “la unidad cultural”, sobre “los sindicatos y las luchas sociales”.
“Para mí, una de las cosas más sorprendentes de conocer otras sociedades fue que no encontré ninguna en la cual las personas hablaran tan mal de su propio país como en la Argentina”, anota de arranque. Eso, intercalado por rachas de soberbio regocijo por la creencia de ser los mejores del mundo.
“Ni la conquista de Tenochtitlán, ni las desigualdades de género, ni la indigencia pueden explicarse sin comprender algo acerca de la capacidad de ciertas minorías o sectores para naturalizar ideas en una sociedad determinada –escribe Grimson–. Desarmar esos mitos es condición necesaria para potenciar cambios sociales y culturales.”

Mitomanías argentinas. 
Cómo hablamos de nosotros mismos 
Alejandro Grimson Siglo XXI editores 256 páginas

“El trabajo empezó por tener una sensación muy fuerte de estar encerrados como sociedad en un laberinto cultural muy anclado en el lenguaje que usamos para hablar de nosotros como nación dice–. Detrás de eso, sospechaba, hay otros problemas: de poder, de igualdad, de heterogeneidades soterradas. Pensé que, si apostábamos a desarmar esto, podíamos tratar de tener una visión diferente, quizás más compleja y matizada, sobre quiénes somos los argentinos, qué es esta sociedad tan atravesada por dilemas y conflictos, con cierta inestabilidad en las definiciones identitarias”. Para desarticular estas falsas creencias, Grimson se basa unas veces en estudios, otras en sencillos razonamientos y lógicas obstruidas por estas frases potentes –de clase, en general–, y también en propias posiciones ideológicas.

El lugar común sostiene que no hay racismo en la Argentina: ¿es éste un país sin indios ni negros, donde la mitad es “cabecita negra”? Estudios que se citan: el 4 por ciento de la población argentina tiene ascendencia afro, el 56 por ciento tiene algún antepasado indígena. Algunos mitos ven la mano y agarran el cuerpo: “Los argentinos descienden de los barcos ejemplifica Grimson–. Es falso y es verdad. Falso porque la mitad del país no desciende de los barcos, pero verdad porque quienes sí lo hicieron excluyeron durante mucho tiempo a los otros considerándolos no argentinos. O sea, lo hicieron realidad”.

Grimson combate aquí, también, el mito que asegura que es complicado leer a un antropólogo: se avanza por Mitomanías con mucha fluidez. “Creo que es el primer libro que escribo destinado a un público absolutamente general y no académico”, dice, y explica que otros de sus trabajos, como Los límites de la cultura, tuvieron sus lectores, sobre todo, en “los mundos específicos” del arte, o el psicoanálisis. “Acá, en cambio, busqué que pueda ser leído por cualquiera –sigue–. Y eso fue un desafío, si querés, político: que el conocimiento sociológico, antropológico, pueda ser accesible. Es un desafío que tenemos los investigadores. No hablo moralmente, ni planteo que todo el tiempo uno tenga que hacer eso. Pero para desarmar lugares comunes entre los científicos también me pareció un gesto político contar con un lenguaje simple y, en varios pasajes del libro, incluso divertido. Creo que nunca me divertí tanto escribiendo un libro”.

Hay que igualar hacia arriba: ésa le hizo gracia, cuando la descubrió. “Porque es obvio que sólo podés igualar hacia el medio”, dice. Entre los más absurdos, sostiene, están aquellos en los que la sociedad se des-implica, se declara inocente: el otro es el culpable y responsable de mi destino. “Son estereotipos: los policías son todos corruptos, pero nadie los corrompe –ejemplifica–. La evasión impositiva, que es un delito, siempre se autojustifica. La sociedad se autoexculpa de todo lo que pasa en el país.” Dice Grimson, que es investigador del Conicet y decano del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad de San Martín, que trabajó con los mitos que considera como obstáculos para pensar. “Pero también hay otros mitos positivos, como Evita o San Martín, que yo no trato aquí, porque no me parece que sean un problema a abordar”, explica. ¿Y qué otro mito positivo destacaría? Grimson piensa un toque: “Hemos ido construyendo el de la democracia –concluye–. No es ésa una palabra vacía para nosotros. Costó mucho. Más allá de que con la democracia no se come, necesariamente, fue haciéndose una condición necesaria, indispensable. No se la puede discutir. Creo que es un mito a partir de una creencia social. Digo, hay un relato acerca de por qué es un punto de partida acerca de cualquier cosa. La crisis del 2001 y el 2002 puso todo en cuestión, menos la democracia”.

Página 12

04/11/2012

Suplemento RADAR
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-4851-2012-11-04.html