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miércoles, 11 de septiembre de 2013

LA LITERATURA EN LA ERA DE INTERNET

Acerca de la lectura en el tercer milenio.


Por Antonio Cruz (*)


Transitamos tiempos complejos. Se me ocurre que nadie puede poner en duda que los vertiginosos y turbulentos días que vivimos generan ansiedad e incertidumbre en casi todos los aspectos de la vida del hombre. La Literatura (como disciplina o como arte o si solamente la consideráramos, de manera arbitraria, como un simple elemento lúdico) no está ajena a esa confusión más o menos generalizada. Muchos de nosotros habremos escuchado o leído y quizás hasta participado de la polémica acerca de si la televisión o Internet han relegado a la lectura como hábito en las nuevas generaciones. Es más, he llegado a leer artículos en los que pensadores reconocidos especulan con la desaparición del libro, al menos en su formato impreso en papel, en no muy largo plazo.

¿Cuál es el significado de la palabra leer? ¿Qué significa la palabra lectura? Responder a estas preguntas no es tarea sencilla. A partir de los conceptos de Roland Barthes se admite que, para que el círculo iniciado por el autor de un texto literario se cierre, es indispensable que el lector le adjudique un significado, pero debemos aceptar que siempre habrá una pluralidad de interpretaciones porque los lectores no pueden evitar la participación aleatoria de sus propios conocimientos (que son contingentes al texto y propios para cada individuo) con lo que cada escrito determina una lógica interpretativa diferente en cada persona que lee.



En mi modesta opinión, si nos atenemos al concepto que sostiene que para leer es indispensable tener un libro en las manos, probablemente los que sostienen dicha teoría están en lo cierto; ahora, si nos basamos en algunas de las diferentes definiciones de la palabra “leer” que pueden encontrarse (1. Pasar la vista por lo escrito o lo impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados; 2. Comprender el sentido de cualquier otro tipo de representación gráfica; 3. Entender o interpretar un texto de determinado modo; 4. Comprender o interpretar un signo o una percepción), dicho de otra manera, si entendemos que lectura y escritura son formas de comunicación social, que el acto de leer implica interactuar con un determinado texto para comprender su significado y aceptamos que no solamente los libros pueden leerse sino también un anuncio publicitario o un grafiti o cualquier otro texto, podemos concluir que también leemos en la pantalla de nuestra computadora; por tanto, si me atrevo a calcular cuántas personas “pasan su vista por diferentes textos, los interpretan y comprenden sus signos” cotidianamente a través de Internet o en sus propios archivos virtuales, es creíble la postura que sostiene un incremento en la práctica de la lectura, aunque es imposible no aceptar que este crecimiento de la cantidad de “lectores” es absolutamente anárquico y no responde a ninguno de los cánones tradicionales de la “lectura”. Es un nuevo tipo de lectura.


De cualquier manera, más allá de una discusión que a prima facie se presenta como “bizantina”, tengo la casi certeza de que, como sostengo al principio, la literatura está sumergida en la misma confusión por la que atraviesan otras actividades humanas.

Probablemente los signos más importantes de estos tiempos son la velocidad (tal como expresa Italo Calvino en sus seis propuestas para el nuevo milenio), o la fractalidad, la brevedad, la fugacidad y la virtualidad de la literatura (según afirma Lauro Zavala, quién también habla de la “fragmentariedad paratáctica” de la escritura hipertextual propia de los medios electrónicos).

Es menester aceptar que actualmente la vida se mueve por los anchos caminos de la información y la necesidad de una comunicación rápida, concisa, inmediata, se ha convertido en algo urgente e impostergable; en algo que no admite otra forma que la hipertextual y virtual.

He notado que muchos autores demonizan a Internet por su interferencia en los mecanismos sociológicos de comunicación a los que estábamos habituados, como el caso de la lectura, pero es menester decir que, si bien los riesgos del abuso de la red son inconmensurables, la verdadera utilidad del sistema dependerá de la concepción de quienes la usan.

Es verdad que Internet es un arma peligrosa y un territorio que se presta a múltiples transgresiones. Su lenguaje dista mucho de ser el ideal de acuerdo a las tradicionales normas (el propio Calvino anticipa una “peste” del lenguaje, que se ha vuelto vago, impreciso y vacío de contenido, lo que, según sostiene, se debe a la pérdida de forma de la vida y a un extendido abandono de la espiritualidad) pero también es cierto que los medios en general y en particular los periódicos y sobre todo la televisión han variado la forma de expresarse, lo que indudablemente contribuye a una mayor confusión.



Internet nos ofrece una serie de textos que funcionan como si fuera un enorme texto fragmentado en lo que se llama hipertexto, y al que se accede por formas diferentes a la lectura convencional. En este inmenso hipertexto, el lector puede elegir o descartar a voluntad aquellos fragmentos que no le interesan, lo que deviene en múltiples lecturas que llevarán a una inevitable fragmentación de las historias. Es, salvando las distancias, como si alguien que tiene un libro en sus manos encuentra en el camino textos que le aburren o no le agradan y que con el simple acto de cambiar su señalador de posición pudiese evitarlos.

Adelaide Bianchini, en su artículo “Conceptos y definiciones de hipertexto”, sostiene que “a diferencia de los libros impresos, en los cuales la lectura se realiza en forma secuencial desde el principio hasta el final, en un ambiente hipermedial la ‘lectura’ puede realizarse en forma no lineal, y los usuarios no están obligados a seguir una secuencia establecida, sino que pueden moverse a través de la información y hojear intuitivamente los contenidos por asociación, siguiendo sus intereses en búsqueda de un término o concepto”.

Pero más allá de esto, me gustaría llamar la atención sobre la posibilidad que nos brinda Internet de acceder a la lectura de libros como la Biblia, el Corán, los clásicos y, para no aburrir con mi lista, de autores contemporáneos de renombre que, muchas veces, por diferentes motivos, como por ejemplo los mandatos de la industria editorial, son inaccesibles para el hombre común; tampoco podemos ignorar la posibilidad que tienen muchos escritores de colgar sus trabajos en la red esquivando los numerosos inconvenientes de editar en papel (ya decía Eugenio Montale que los editores muchas veces eligen aquello que más posibilidad tiene de vender en lugar de elegir los trabajos mejores y más valiosos, lo que impide a muchos poder hacer conocer sus textos). Se me ocurre que esto no es tan malo.



No desconozco los riesgos que encierra la red, pero quisiera dejar instalados los interrogantes que por ahora, para mí al menos, deberíamos aspirar a resolver. ¿Es Internet la responsable de todos los males sociales? ¿No habrá también mucho de “pereza” intelectual para generar que, de alguna manera, el hombre pueda volver nuevamente su mirada hacia su propia esencia y descubrir la riqueza de su vida interior? ¿No habrá llegado el momento de que la sociedad en su conjunto y la familia en particular intenten una mirada diferente y más amplia sobre el fenómeno de Internet y que, tal como sostienen múltiples autores, sea en el hogar donde se ejerza un control estricto sobre el contenido al que acceden sus integrantes? Por último, ¿no sería más coherente tratar de aprovechar el fenómeno Internet, de volcarlo a favor de una recomposición social y buscar un entorno menos denso y más agradable para todos?

(Extracto del trabajo “El microrrelato. Un género en expansión”, leído en la Feria del Libro de Villa María, Córdoba, el 11 de junio de 2008).


(*)Antonio Cruz


Maestro, médico y escritor argentino (Frías, Santiago del Estero, 1951). Egresó como médico cirujano de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC, 1976). Ha ejercido diversos cargos públicos relacionados con su profesión. Ha hecho periodismo radial y ha publicado colaboraciones en medios periodísticos de Santiago del Estero, Buenos Aires, Tucumán, Córdoba, Salta y otras provincias argentinas. Ha publicado los poemarios Catarsis, poemas de amor con esperanza (1998), Ashpa Súmaj (2003), Canto a mi pueblo (2003), Aires del noroeste (selección provincial del concurso literario del Consejo Federal de Inversiones, CFI; 2003) y Tránsito (desde la oscuridad hacia la luz) (2008), así como el libro de cuentos Tío Elías y otros cuentos (selección provincial del concurso literario del CFI, 2004). También es autor de dos novelas inéditas, La hoguera de las utopías y El maquinista. Textos suyos aparecen en Panorama del microrrelato en el noroeste argentino (Universidad Nacional de Tucumán, UNT), entre otras antologías. Ha obtenido reconocimientos como, en poesía, el primer premio del 2º Concurso Literario Horacio Germinal Rava (2001), el primer y segundo premio en el 2º Concurso Literario del Colegio de Médicos (2001), y en narrativa el primer y tercer premio del Concurso Literario “La Inmigración Árabe en Santiago del Estero” (2001). Ha sido jurado de diversos concursos y ha participado en eventos como la Feria del Libro de Santiago del Estero, la Feria del Libro de Buenos Aires, la Feria del Libro de Córdoba, las Primeras Jornadas Universitarias de Minificción organizadas en 2007 por la UNT, y otros. Junto a prestigiosas figuras como Lisandro Amarilla y Alfonso Nasif integró un panel sobre “Un siglo de literatura santiagueña”. Escribe artículos de opinión para medios gráficos y virtuales y ha llevado sus trabajos literarios a numerosas ciudades de Argentina y Latinoamérica, participando en numerosos recitales y encuentros de poetas o narradores. Es miembro permanente del staff de la revista literaria La Iguana, que se edita en papel y por Internet. Su obra ha sido difundida por medios periodísticos de Santiago del Estero, Tucumán, Córdoba y Buenos Aires, así como en medios digitales entre los que se cuentan Misioletras, Texto Sentido, La Cultura, Poesía+Letras, Isla Negra, La Lectura, Bitácora Global, Con Voz Propia y Fundación Cultural Santiago del Estero.

FUENTES:

lunes, 9 de septiembre de 2013

Libro: "Cien años de teatro argentino" de Jorge Dubatti

Plantear nuevas preguntas sobre el quehacer teatral


En Cien años de Teatro argentino. Desde 1910 a nuestros días, Jorge Dubatti vuelve a pensar la escena nacional en su devenir histórico y marca la territorialización de sus manifestaciones.


Por Carlos Fos


El crecimiento de los estudios historiográficos ha experimentado un crecimiento considerable en la producción ensayística de los últimos años. El teatro argentino tenía la necesidad de ser repensado en su devenir histórico. Jorge Dubatti asume este desafío en la doble labor de rescatar sistemáticamente otros discursos de especialistas anteriores y en la de establecer una periodización de más de cien años de teatro vernáculo. Así advierte que no podemos referirnos a un teatro argentino, sino que, atentos al carácter territorializado del ente de estudio, tenemos que pensar en teatro/s argentino/s. La perspectiva de la cartografía teatral que utiliza nos abre a múltiples posibilidades de pesquisa, comprendiendo el espesor del campo y su dinamismo. Dubatti escribe focalizándose en la producción de Buenos Aires, proponiendo unidades temporales en las que conviven diversas concepciones de teatro mismo.


Éstas carecen de rigidez y están sometidas a las reglas del proceso histórico. El escritor realiza un exhaustivo registro de las formas de producción, de la evolución de la crítica y la investigación teatral, de la pedagogía escénica (señalando poéticas de actuación y de dirección dominantes o coexistentes en cada época), de la presencia del Estado como gestor cultural (se examinan las salas oficiales y su relación con el contexto político, las censuras y persecuciones que son promovidas desde las esferas del poder, etc.) y de la problematización del concepto de industria cultural. 



Con un criterio inclusivo, hay lugar para el análisis de poéticas fundamentales de la consolidación del teatro nacional como el sainete y el grotesco criollo, y de las micropoéticas aparecidas al calor del quiebre del discurso en los años '90. No hay omisiones ni recortes en este libro y, en ello, puede hallarse otro de los puntos destacados de la publicación. Son 300 páginas en las que Arata comparte escena con Urdapilleta y Discépolo parece dialogar con Veronese. Las apostillas sobre la actualidad teatral comprometen al lector a participar de una óptica lúcida e inquietante que dispara nuevas preguntas a partir de observaciones agudas.


La completa bibliografía que cierra el texto, en realidad lo abre al invitar a futuros viajes. Este trabajo, concebido para todos los interesados por el acontecimiento teatral, llega con un equilibrio de fuentes y análisis que celebramos, resultando una herramienta ineludible.


lunes, 26 de agosto de 2013

Libro sugerido: RIVADAVIA Y EL IMPERIALISMO FINANCIERO


Obra clave de José María Rosa para entender la deuda externa argentina



Reseña del libro: RIVADAVIA Y EL IMPERIALISMO FINANCIERO




A fines del siglo XVIII la revolución industrial hacía de Inglaterra una nación en plena expansión, necesitada de mercados consumidores.


Su doctrina, el liberalismo se encargaría de ello con más eficacia que la acción armada. Para esto nada mejor que condicionar la mentalidad de hombres como Rivadavia, fácil presa de las ilusiones del progreso y de los buenos negocios para concretar los designios del Imperio.

En Rivadavia y el imperialismo financiero hallará el estudioso la lucha sórdida de la banca inglesa en el período 1821-1824, los monopolios con capitales británicos, los empréstitos, la tierra hipotecada, y por sobre todo, encontrará explicada la verdad que encerraba la enfiteusis, obra del gobierno rivadaviano.

José María Rosa, historiador argentino, abogado y profesor universitario, fue uno de los más respetados y consultados historiadores revisionistas. Se recibió de abogado a los 20 años, y, luego de llegar rápidamente a juez de instrucción, se dedicó a la enseñanza en escuelas secundarias y universidades, y comenzó su militancia política.

La llamada Revolución Libertadora lo cesanteó y lo encarceló cuando detuvieron a su amigo John W. Cooke, a quien había dado refugio en su casa -insólitamente, se lo acusaba de "corromper a la juventud con su rosismo".

Luego de varios meses en prisión, viajó a España donde permaneció hasta 1958, ejerciendo el periodismo. Volvió años después, para escribir en diversas publicaciones y dictar cursos de historia en el marco del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, entidad de la que fue presidente en varias oportunidades. En esa época se editó por primera vez Rivadavia y el Imperialismo Financiero.